En septiembre de 2009, Roman Polanski —ganador del Óscar, director de obras maestras del cine— fue arrestado en el aeropuerto de Zurich. Suiza, su destino, se convirtió en la trampa que lo buscaba desde hace 32 años. El delito: penetración de una menor de 13 años en Los Ángeles, 1977. Un caso que parecía cerrado, pero nunca lo estuvo realmente.
La noche que lo cambió todo
Polanski había sido condenado en 1978 a "delito sexual" tras una noche con la adolescente Samantha Geimer en la mansión de Jack Nicholson. La chica bebió champagne con drogas; él abusó de ella. El director aceptó un acuerdo judicial, pero antes de la sentencia definitiva, desapareció. Francia lo acogió como artista. Hollywood lo protegió. Durante tres décadas, viajó, rodó películas, ganó premios internacionales. La justicia estadounidense nunca lo olvidó.
Cuando llegó a Suiza en 2009 para recoger un honor en el Festival de Cine de Zurich, la Interpol lo estaba esperando. Fue detenido en su hotel. La noticia explotó en todos los medios del planeta.
Hollywood en llamas
Lo que pasó después fue un espectáculo de hipocresía y poder. Cientos de directores, productores y actores firmaron una petición pidiendo su liberación. "¿Por qué arrestarlo ahora?", preguntaban. Scorsese, Almódovar, Wachowski, Darren Aronofsky: todos salieron en su defensa. El argumento era siempre el mismo: era un genio perseguido, las cosas eran diferentes en los 70, la víctima había perdonado.
Pero Samantha Geimer nunca lo perdonó. Años después hablaría sobre lo que pasó esa noche con dureza. No importó. En Hollywood, el talento pesaba más que la justicia.
Polanski pasó meses en arresto domiciliario en una casa alquilada en Gstaad, Suiza. Su defensa argumentó que el juez original había violado sus derechos procesales. Los suizos no lo extraditaron. En julio de 2010, tras nueve meses de batalla legal, quedó en libertad condicionada. Polanski regresó a Francia, donde siguió rodando películas, asistiendo a premieres, viviendo como si nada hubiera pasado.
El escándalo de 2009 dejó algo claro: en la industria del cine, un Óscar pesa más que una condena. El talento artístico cancela el crimen sexual, al menos para quienes tienen poder suficiente. Polanski siguió haciendo películas. Polanski siguió siendo celebrado. La justicia, mientras tanto, quedó en pausa.