Lula da Silva volvió a ganar. A los 80 años, con rodilla incluida y todo, el viejo zorro de la política brasileña se llevó la elección presidencial en segunda vuelta contra Flávio Bolsonaro con más del 51,7% de los votos válidos. No fue aplastante, pero fue suficiente: cuarto mandato confirmado, y el 5 de enero de 2027 vuelve a asumir.
Lo que me llama la atención no es que ganara —Lula siempre encuentra la manera de salir adelante—, sino cómo lo hizo. Entre la primera y segunda vuelta, metió algunos movidas que le cayeron bien al electorado: reducción de horas de trabajo, decisiones que el Parlamento le bancó. Nada de revolucionario, pero lo suficientemente estratégico como para inclinar la balanza a su favor. A sus 80 años, el tipo sigue siendo más astuto que varios políticos que tienen treinta menos.
El fantasma bolsonarista que no termina de desaparecer
Que Flávio haya llegado a segunda vuelta dice bastante de cómo está polarizado Brasil. No es cualquier cosa que un Bolsonaro —sabiendo todo lo que pasó en los últimos años— siga teniendo chances. Pero Lula ya lo sacó del medio en 2022 contra Jair, y ahora le pasa lo mismo al hijo. El legado de la familia bolsonarista no muere fácil, pero tampoco logra ganar. Quedó en el camino, nuevamente.
Lo interesante es que Lula ya gobernó Brasil de 2003 a 2010, luego volvió en enero de 2023 después de ganarle a Bolsonaro padre. Ahora suma otro período. Es un tipo que llegó a la cárcel injustamente, salió y volvió a gobernar. O eso cree él, o eso creen los brasileños. Seguirá siendo presidente hasta 2031, así que habrá que ver si aguanta los ritmos del cargo a esa edad o si termina delegando más poder de lo que ya lo hace.
Para Paraguay, esto es relevante: Brasil es la locomotora regional, así que cualquier giro en Brasilia nos afecta. Lula tiene una visión diferente a Bolsonaro sobre integración sudamericana y comercio. Los próximos años van a pintar distinto en la región. Pero eso es otra historia.


