Anoche la policía allanó una vivienda en San Juan del Paraná y lo que encontró no es un escándalo de famosos, sino un crimen que deja un sabor amargo. Fernando Barrionuevo Urbaneja y su hijo Aitor fueron detenidos como sospechosos de matar a dos paraguayos durante lo que ellos presentaban como una transacción de oro en Encarnación. También cayeron tres mujeres bolivianas —Scheila Liz Magno Mosay, Beihit Eugenia Gutiérrez Piza y Luis Andrés Uriarte Gutiérrez— señaladas como parejas de los españoles.
Lo macabro del asunto tiene detalles que parecen sacados de una serie de crímenes: un inhibidor de frecuencia, una caja fuerte, computadoras, relojes Rolex, fragmentos de oro, dinero en efectivo y una camioneta Cherokee que funcionó como vehículo del encuentro fatal. Los muertos son Justo Pastor Garcete Cano y Arsenio Erico Cano González, ambos de Juan E. O'Leary, que acudieron a cerrar la compra de oro. Un tercero —hermano de una de las víctimas— resultó herido.
Acá viene lo que me dejó pensando: esto no es un romance fallido ni una infidelidad expuesta, pero en la farándula internacional hemos visto de todo. Criminales que se mueven como empresarios, transacciones que son trampas mortales, gente que viaja entre países tejiendo redes oscuras. Paraguay termina siendo escenario de un caso que suena a thriller internacional mal filmado. Las autoridades tienen material: documentos, armas, dinero. Pero hay algo que no cierra.
El detalle que humaniza el horror
En medio del procedimiento pasó algo que casi pasa desapercibido pero que, para mí, resume el absurdo: una de las mujeres llegó a la comisaría acompañada de su monito, que no se despegó de ella ni un momento. El animalito entró en el operativo, viajó en la patrulla, estuvo en cada paso. La fiscalía ahora debe decidir qué hacer con la mascota si las mujeres quedan en reclusión. Es un detalle menor en un crimen mayor, pero suena como la vida tocando fondo: hay un mono preocupado por su cuidadora que está acusada de estar metida en un asesinato.
No puedo dejar de pensar en lo que implica esto. Dos españoles que viajaron a Paraguay, contactaron a hombres que buscaban oro, armaron una operación que terminó en muerte y robó. No estamos hablando de una pelea en una disco ni de un affair que salió en un programa de TV. Estamos hablando de que la justicia tiene en sus manos a sospechosos de homicidio que operaban como si Encarnación fuera un mercadillo cualquiera.
Trama de crimen y negocios turbios
Este caso tira luz sobre algo que la farándula a veces toca tangencialmente: el crimen organizado que vive en las sombras mientras nosotros comentamos romances de celebridades. Los españoles aparentemente se movían con recursos, tecnología (ese inhibidor de frecuencia no es cualquier cosa), documentación falsa tal vez. Las parejas bolivianas, la red completa. Esto es profesional, aunque haya terminado en sangre.
Las detenciones que hizo la policía son claves, dice la fiscalía. Claro que lo son: tienen a los sospechosos, tienen evidencia, tienen el vehículo. Ahora viene lo que importa: que la justicia no duerma en este caso. Que no se mezcle con corrupción, con dinero que borre pistas, con testigos que desaparecen. Porque en Paraguay hemos visto historias así que quedan en la nada.
Para mí, esto revela que mientras la farándula brinda por bodas y nacimientos, hay redes criminales que operan en la misma realidad que nosotros. La diferencia es que estas historias no salen en Instagram ni en programas de chimentos. Salen en comisarías, en juzgados, en familias que pierden a sus hombres por una transacción que parecía negocio.


