Ayer se definieron los ganadores del 68º Premio Jabuti, el más prestigioso de la literatura brasileña, y no hubo sorpresas gratas: Eliana Alves Cruz se llevó el premio a Mejor Novela Literaria con Meridiana, un libro que ya venía pisando fuerte en la conversación de los lectores serios.
La obra de Cruz cuenta lo que pasa cuando una familia negra sale de la favela y entra en la clase media-alta brasileña. Suena simple, pero no: es toda la cuestión de qué cuesta esa movilidad social, qué precio pagás en dignidad y pertenencia cuando el racismo estructural te rodea desde todas partes. Cada personaje —la madre, el padre, los hijos— cuenta su propia historia en primera persona. Son testimonios de alguien que trepa y descubre que el ascenso económico no borra nada; solo agrega nuevas capas de incomodidad.
Un reconocimiento que viene de atrás
La noche de ayer en la Cámara Brasileña del Libro reunió a 115 finalistas en 23 categorías. Cruz no ganó por novelería ni por moda editorial: los jurados destacaron la complejidad de su construcción, esa capacidad de abrir múltiples voces sin que suene forzado. Es lo contrario a lo que pasa en muchos libros que presumen de profundidad y terminan siendo panfletos disfrazados de literatura.
Pero lo que me pareció más interesante fue el otro homenaje de la noche: Lygia Bojunga fue nombrada Personalidad Literaria del 68º Jabuti, justamente el año en que su clásico La Bolsa Amarela cumple 50 años. Es esas decisiones que demuestran que el Jabuti no se olvida de dónde vino: Bojunga transformó la literatura infantil brasileña porque nunca condescendió con sus lectores. Les escribió como a personas, no como a seres menores que necesitaban lecciones.
Lo que significa esto para la región
En Paraguay no tenemos un premio de esa magnitud ni esa visibilidad mediática. Ver que en Brasil se siga premiando narrativas sobre racismo, clase social y la complejidad de la identidad dice algo sobre qué literatura consideran que vale la pena preservar. Cruz no escribe para escapar del mundo; escribe para meterse en sus grietas.
Lo que más me gustó es que Meridiana ganó por ser lo que es: complicada, sin resoluciones fáciles, incómoda. En tiempos de algoritmos que premian la simpleza y el entretenimiento light, que un jurado brasileño le dé el Jabuti a una novela sobre racismo estructural y movilidad social fallida suena casi revolucionario. No te sorprenderá que sea así, pero vale la pena notarlo.


