Todos conocemos a ese empleado que lleva años en la oficina sin aportar gran cosa, pero que por alguna razón mágica nunca termina en la puerta de salida. Mientras tanto, los que se animan a proponer mejoras o ponen límites son etiquetados como "complicados". Rafa Alonso, psicólogo y exresponsable de Recursos Humanos, acaba de tirar la bomba en redes: esos malos empleados no despiertan porque cumplen una función mucho más valiosa de lo que parece.
La cosa no es incompetencia empresarial. Al contrario: es cálculo puro. Las compañías saben perfectamente quién rinde y quién no. El tema es que prefieren al que nunca discute, al que acepta cualquier carga de trabajo, al que está disponible sin rechistar y al que jamás cuestiona nada. Son empleados "cómodos de gestionar", como dice Alonso.
El reverso de la moneda
Acá viene lo que duele: mientras esos zombis laborales andan de onda, los colegas que verdaderamente levantan la mano para mejorar procesos, que señalan que algo no funciona o que ponen límites saludables, termina siendo vistos como los "complicados". Es al revés de lo que debería pasar.
Alonso tira una verdad incómoda que muchas empresas no quieren escuchar: confunden ser un buen profesional con ser un profesional fácil de controlar. No es lo mismo. Una organización sana necesita ejecutores, claro, pero también necesita gente con coraje para decir "así estamos perdiendo plata" o "esto no es sustentable". Cuando nadie cuestiona nada, los problemas no desaparecen; simplemente se normalizan.
De dónde viene
Este no es un análisis nuevo. Hace años que la psicología organizacional estudia cómo las dinámicas de poder y comodidad dentro de una empresa terminan premiando la pasividad. El síndrome del "que no moleste" es más común de lo que parece, especialmente en empresas grandes donde la rotación es baja y los procesos están cristalizados.
Lo interesante es que un profesional que trabajó desde adentro del sistema lo está diciendo públicamente. Eso significa que el debate está llegando a lugares que antes era tabú. Las compañías empiezan a darse cuenta de que tolerar mediocres cómodos mientras castigan a los que piensan es una receta para el estancamiento.
Para mí, lo que Alonso revela es un espejo incómodo: muchas empresas prefieren la paz al progreso. Y eso, a la larga, se paga caro.



