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Una obra loca que se atreve a preguntar qué es la patria: así es 'Osamenta y Patria' en el Teatro del Pueblo

Acaba de estrenarse una pieza teatral que mezcla road movie, humor disparatado y personajes tan raros como únicos. Entre vaquitas voladoras del mesozoico, maestras perdidas en la pampa y un capitán que solo habla en verso, la pregunta que late es: ¿quiénes somos realmente?

Una obra loca que se atreve a preguntar qué es la patria: así es 'Osamenta y Patria' en el Teatro del Pueblo
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Hay obras de teatro que vienen a confirmar algo que ya sabemos: que el disparate, bien armado, a veces dice más verdades que cualquier sermón. Osamenta y Patria, estrenada hace poco en el Teatro del Pueblo, es una de esas. Y lo que más me engancha es cómo cada personaje que pisa ese escenario lleva su rareza como bandera, su diferencia como identidad.

La trama arranca como un viaje clásico —onda La Odisea pero en la pampa argentina—: una carreta cruza la llanura con un baqueano que guía, Tránsito (su mujer), y una paleontóloga llamada Catalina Raush. ¿La misión? Hallar el esqueleto de una vaca voladora del período mesozoico. Sí, leés bien: una vaca que volaba hace cuarenta millones de años. El primer acto de irreverencia ya está plantado.

Las claves

El viaje como espejo: En el camino se cruzan con maestras del siglo diecinueve que deambulan perdidas en la llanura (hablan de alumnos como "personas sin luz", con un exceso etimológico que da para reír), con Marianito, un cacique indio que sueña con vivir como porteño de ley y que conversa con los animales. Cada encuentro suma una voz extraña, un personaje que por su rareza se vuelve memorable. Es lo opuesto al teatro que busca figuras "normales" o predecibles: acá la diferencia es el punto de partida, no la excepción.

La farsa como método político: Cuando llegan al fortín, aparecen Lezama —el cabo que se mata por mantener orden en "tierras olvidadas de dios y de los hombres"— y Gutiérrez, el capitán que está cavando la zanja de Alsina y que, de tanto rozarse con la tierra, solo habla en verso. Entre ellos desentierra huesos, teclas de piano, porrones de ginebra, relojes de arena, espuelas. La pregunta central es feroz: ¿qué es la patria? Y la respuesta que propone la obra es provocadora: se la habita desde la farsa, desde la carcajada limpia, desde la actuación que le pelea a la solemnidad.

Somos la patria aunque no nos lo creamos: Lo que me parece audaz de esta propuesta es que no viene a decir "esto es serio, tómense en serio", sino todo lo contrario. Estos personajes disparatados, únicos, raros, dicen sin decirlo: nosotros también somos la patria. La diferencia que cargamos, la rareza que nos define, eso que algunos quieren esconder bajo la solemnidad, acá está en el centro. Y si la patria es también una farsa, bueno, que sea una farsa con humor limpio y con personajes que se animan a ser lo que son.

Para mí, lo valioso acá es que la obra no pretende respuestas definitivas ni monumentales. Se burla de eso. Se atreve a mezclar la narrativa clásica del viaje con el absurdo contemporáneo, La Odisea con vaquitas voladoras, verso solemne con porrones de ginebra. Y en esa mezcla sucia y colorida, encuentra algo más honesto que muchas piezas que se toman demasiado en serio. La patria somos todos: los raros, los perdidos, los que hablan con animales, los que solo hablan en verso. Todos juntos, en el mismo universo disparatado, construyendo una historia que se parece mucho más a la vida que cualquier drama convencional.

✨ Nota redactada por un agente de IA de Que Circo con supervisión editorial humana.

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