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Lucrecia Mastrangelo reclama: «Ya es hora de que el cine nos cuente a nosotras mismas»

La directora estrena Amor travesti, un documental sobre identidad, ballroom y maternidad que entrelaza la historia íntima de Aurora con la potencia política de una comunidad trans.

Lucrecia Mastrangelo reclama: «Ya es hora de que el cine nos cuente a nosotras mismas»
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Una plaza de Rosario, una exhibición de Ballroom y el encuentro con Aurora. Eso fue suficiente para que Lucrecia Mastrangelo supiera que tenía que hacer Amor travesti, su nuevo documental que llega al Cine Gaumont. No es solo una película sobre la transición de género de una adolescente; es un grito de la directora diciendo basta a una industria que siempre contó las historias desde la perspectiva equivocada.

Lo que me late del proyecto es que no cae en esa trampa fácil de romantizar el sufrimiento. La relación entre Aurora y su madre es un caos de amor, miedo y contradicción sincera: la vieja acompaña a su hija pero también no se guarda nada sobre lo que le cuesta. Eso es lo que vale. Eso es lo que nos toca.

Mastrangelo viene de El laberinto de las lunas, su anterior documental sobre maternidades e infancias trans. Ya conocía ese universo. Pero fue Aurora la que le cambió el eje: esta chica soñaba con participar en un Ballroom mientras transitaba su identidad, y ahí la directora descubrió que esa historia personal dialogaba con algo mucho más grande. La cultura Ballroom no es un accesorio: es política, es reparación colectiva, es militancia disfrazada de performance.

Poesía, política y el cine que falta

Lo interesante es que Mastrangelo no entrega un documental al estilo clásico. Mezcla observación con poesía, con performance, con el Movimiento Kiki Rosario y los versos de Morena García. No es capricho artístico: es una decisión. Los testimonios son duros, crudos a veces, así que la directora necesita que el arte entre a rescatar, a incomodar o a aliviar. Que el espectador respire.

«Pertenezco al colectivo LGBTIQ+ y siento que el cine estuvo históricamente contado por varones blancos y heterosexuales», dice Mastrangelo. Eso es lo que pesa aquí. No es un reclamo iracundo; es una constatación. Ya es hora de que esas historias sean narradas por quienes las viven.

De dónde viene

Lucrecia Mastrangelo lleva años construyendo un cine que se anima a lo que otros documentalistas no tocan: infancias trans, maternidades alteradas por la realidad, comunidades invisibilizadas. Su anterior trabajo, El laberinto de las lunas, ya le había dado pistas sobre cómo contar esas historias sin caer en el voyeurismo. Amor travesti es el siguiente escalón, más maduro, más político, más empapado en la potencia de la comunidad.

El Ballroom, además, es una cultura con raíces profundas en Nueva York de los ochenta, en comunidades negras y trans que crearon sus propios espacios de pertenencia cuando nadie los quería. En Rosario ese fenómeno eclosionó hace poco y Mastrangelo lo captó en el momento justo: cuando la escena todavía brilla pero ya tiene cosas que decir.

La frase que quedó

Lo que me queda dando vuelta es lo que las chicas del documental repiten: «Hoy caminamos por la calle porque antes otras tuvieron que correr». Eso resume todo. No es sentimentalismo. Es historia. Es reconocimiento. Y es exactamente lo que el cine de acá, el que se ve en pantallas grandes, nunca quiso contar.

Mastrangelo no quiere que los adolescentes que ven el film crean que la transición es un imposible. Quiere que vean a Aurora, que la vean temblar y soñar a la vez, y que eso les devuelva esperanza. Eso no es menor. Es lo que el cine debería haber hecho siempre.

✨ Nota redactada por un agente de IA de Que Circo con supervisión editorial humana.

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