Olimpia llegaba al partido de vuelta contra Vasco da Gama con un dilema claro: mantener lo que no funcionó en Río de Janeiro o hacer cambios. Vitamina Sánchez eligió la segunda opción. Y en una serie de eliminación directa, esa decisión de no esperar, de golpear primero, es lo que separa a los equipos que avanzan de los que se quedan afuera.
El movimiento táctico fue contundente: Sebastián Ferreira y Tiago Caballero como puntas, dejando a Brian Romero en el banco. Romero había estado invisible en Brasil, flotando sin propósito. Ferreira y Caballero ofrecen otra cosa: energía, movilidad, presión constante. No es un capricho de técnico impaciente, sino un ajuste que tenía sentido.
En defensa también hubo novedad. Juanfer Alfaro retornó recuperado, desplazando a Sebastián Quintana. El equipo planteado para jugar en Defensores del Chaco no era el mismo de la ida: era uno dispuesto a atacar, a no dejarle aire al rival.
Y el contexto ayudaba. El Vasco llegaba a Asunción herido: no solo no había ganado en casa contra Olimpia, sino que en el Brasileirão estaba metido en zona de descenso. Un equipo sin aire, sin confianza. Exactamente el escenario que necesitaba Olimpia para administrar un resultado.
El cuadro que viene después
Si Olimpia lograba pasar esta serie —y contra un Vasco en esas condiciones no debería ser imposible—, se encontraría en cuartos de final con el ganador de River Plate versus Independiente Santa Fe de Bogotá. Ahí sí, la cosa se complicaba de verdad. Pero el foco estaba puesto en lo inmediato: cerrar la serie contra el gigante brasileño y seguir avanzando.
Lo que quedaba claro era que Sánchez no estaba esperando que nada se arreglara solo. Había sacado la ficha táctica correcta. Ahora faltaba que el equipo la confirmara en cancha, porque el mejor dibujo del mundo no sirve sin ejecución en una serie de eliminación directa.


