Hay futbolistas que brillan solo bajo los reflectores del estadio. Vegetti, el delantero argentino de Cerro Porteño, decidió que la verdadera cancha también es la del Bañado Norte. Se metió en Zeballos Cué con regalos, sonrisas y algo que hoy escasea: presencia de verdad.
El video que circuló en redes lo dice todo. Los pibes no cabían en sí cuando lo vieron llegar. Ese tipo de reacción —incredulidad, emoción pura— es la que un jugador de talla continental genera en un barrio donde la visita de un ídolo no es moneda corriente. No fue solo un pase, una firma o una foto: Vegetti metió tiempo, conversación, cercanía.
Más allá del grito de gol
Lo que me parece rescatable —y qué raro es decirlo en una época donde el glamour y la caridad suenan como marketing— es que acá no hubo instalación de cámaras ni comunicado previo anunciando la visita. Fue gesto sin filtro. Los grandes también se emocionaron viéndolos felices a los chicos; eso cuenta.
En Cerro Porteño, Vegetti ya es leyenda por lo que hace adentro de la cancha. Pero visitas como esta, aunque no generen titular futbolístico, generan algo más raro: esperanza. Y en el Bañado, eso no es poca cosa. Para muchos de esos pibes, ese encuentro va a quedar ahí, grabado, cuando piensen que desde arriba alguien se acordó de bajar.


