La noticia llegó como un golpe en las últimas horas: Gabriel Rossi, el médico que apenas cinco meses atrás había asumido como secretario general de la Junta Nacional de Drogas, perdió la batalla contra sus lesiones. Se fue después de varios días internado en el Centro de Salud de Durazno, lidiando con politraumatismos que el cuerpo no pudo superar.
El accidente ocurrió el domingo pasado sobre las 13:00 horas en la ruta 5, kilómetro 218. Una llamada al 911 alertó sobre un siniestro: había una persona atrapada en un vehículo. Bomberos tuvo que hacer tareas de rescate para sacar a Rossi de entre los hierros retorcidos. Lo que vieron fue grave: fractura expuesta de miembro inferior izquierdo y politraumatismo severo. Los médicos sabían que estaban ante un cuadro delicado.
Desde la Junta Nacional de Drogas no querían perder la esperanza. Hace pocos días publicaron un comunicado en redes pidiendo por él, agradeciendo las muestras de apoyo. Sonaba como una de esas notas que se escriben cuando todavía hay fe. No la hubo.
Un médico de puertas adentro
Rossi no era una figura de farándula ni de espectáculos, claro, pero su muerte importa porque habla de cómo la vida cambia en un segundo. Era doctor en Medicina desde 1991, egresado de la Universidad de la República, con especialización en psiquiatría infantil y un máster en drogodependencias. Cinco meses llevaba como secretario general: tiempo de sobra para empezar a entender el quilombo, pero muy poco para ver resultados.
No era un funcionario mediático. No daba notas de escándalo ni se metía en peleas públicas. Era un tipo serio, de bata blanca, que creía en lo que hacía. Y eso, en estos tiempos donde todo es ruido y show, tiene su valor. Los que trabajan de verdad, sin cámaras, a veces quedan invisibles hasta que se van.
Lo que duele
No sé si es cosa mía, pero hay algo brutal en cómo la carretera se cobra sus deudas sin avisar. Un domingo normal, a las 13 horas, en plena luz del día. Un hombre que llevaba treinta y cinco años estudiando cómo curar vidas, curándose a sí mismo de sus fracturas en una cama de sanatorio. No alcanzó.
La Junta Nacional de Drogas pierde a su capitán en medio de una batalla que nunca termina. Los médicos que lo conocían, sus pacientes, su familia: pierden a alguien que en silencio hacía lo suyo. Y la carretera, como siempre, vuelve a recordarnos que manejamos entre fieras de metal sin saber si vamos a llegar.
Descansa, doctor. Al menos terminaste viéndolos a los ojos.


