Hay historias que parecen guiones de tragedia griega, y esta es de las que te hacen pensar que a veces el dinero llega para destruir. James Farthing, de 56 años, ganó 167 millones de dólares en Powerball —la lotería más jugada de Estados Unidos— y lo que vino después fue un desastre en cámara lenta. Acaba de ser arrestado por cuarta vez desde que cobró el premio, esta vez acusado de estrangular y golpear a su pareja.
Las autoridades del condado de Scott, en Kentucky, lo presentaron ante un juez donde se declaró inocente, alegando que todo responde a intereses económicos. Claro, fácil decirlo cuando ya acumulás cuatro ingresos al calabozo y gastaste más de un millón de dólares en abogados. El dinero que suponía ser la solución se convirtió en el problema.
¿Por qué importa?
Este no es un caso aislado: la lotería trae consigo un fenómeno bien documentado de desmoronamiento psicológico y social en los ganadores. De pronto, plata infinita, visibilidad mediática, parásitos alrededor y —muchas veces— gente que no tenía qué hacer en tu vida que de repente aparece con una mano extendida. Para alguien como Farthing, que pasó de una vida tranquila a ser millonario de la noche a la mañana, el choque fue letal.
Lo turbio es que los cargos de violencia doméstica no son menor. Denuncias por estrangulamiento y agresión física hablan de un deterioro serio, no solo financiero sino emocional. Cuatro veces en los calabozos en poco tiempo sugiere que esto no es un accidente judicial aislado, sino un espiral que va para adentro.
El veredicto
Para mí, Farthing es un caso de manual sobre por qué ganar la lotería puede ser una maldición disfrazada de bendición. El dinero no resuelve problemas internos; los amplifica. Si ya tenías demonios, ahora los tenés con tarjeta de crédito ilimitada. La tragedia acá no es que ganó plata —es que después de ganarla, toda su vida explotó en la cara. Y eso, amiguita, no se arregla con más millones.


