Cuando una nota sobre dinero toca a alguien cercano al poder, la reacción de los políticos siempre es la misma: defienden al amigo con argumentos que terminan siendo peor que el silencio. Eso pasó ayer en Uruguay, y Carolina Cosse lo confirmó sin darse cuenta.
La vicepresidenta salió al bate por Fabiana Goyeneche, su exdirectora de Relaciones Internacionales en la Intendencia de Montevideo, luego de que los 99 diputados presentes rechazaran por unanimidad un artículo de la Rendición de Cuentas que permitía a Cancillería pagar una prima anual de $30.000 por "productividad". La iniciativa fue impulsada por la propia Goyeneche, quien actualmente es asesora de Asuntos Culturales en Cancillería.
El problema no fue la cifra —$30.000 anuales es una moneda de diez centavos en presupuestos estatales—. El problema fue el timing y el sabor que dejó: una funcionaria pidiéndose a sí misma un bonus que ni su propia área legales respalda formalmente. Para no invitar gato encerrado.
¿Qué pasó con el discurso de la suavidad?
Cosse escribió en X que atacar así a Goyeneche era "inmoral" y culpó al Poder Ejecutivo de proponer la ley, no a Goyeneche de pedirla. Después vino lo de siempre: una cita al expresidente Luis Lacalle Pou —"duro con las ideas y suave con las personas"— para que los críticos se sintieran mal por ser rudos.
Pero acá hay un detalle. Goyeneche no es una persona anónima atacada en redes: es alguien que pidió dinero público, eso se supo, y después —sorpresa— sus jefes del Ejecutivo lo metieron en la ley. El rechazo unánime de Diputados (incluso de aliados políticos) no fue hostigamiento: fue el Congreso haciendo su laburo.
Constanza Moreira, senadora frenteamplista, también salió a defenderla hablando de "violencia política" y "hostigamiento". El diputado nacionalista Juan Martín Rodríguez respondió directo: "No vea fantasmas donde no los hay. Lo que hubo fue un intento de 'avivada' al que le dimos la 'pica'. Hasta sus propios compañeros tomaron nota de la barbaridad".
¿Por qué esto importa más de lo que parece?
El escándalo no es sobre $30.000. Es sobre cómo funciona el poder: una funcionaria con conexiones pide algo que formalmente fue negado por el área jurídica de su propio ministerio, pero alguien la metió igual en la Rendición de Cuentas. Eso no es política seria; es un rasguño mal disimulado.
Goyeneche se hizo conocida en 2014 por ser la voz de la campaña "No a la Baja" (contra bajar la edad de imputabilidad). Tiene oficio político, sabe cómo se juega. El respaldarazo de Cosse no la limpia del cuestionamiento legítimo; al revés, lo que hace es confirmar que alguien de arriba la cubrió cuando los números no cierran.
Para mí, Cosse cometió un error de cálculo. Defendería a Goyeneche por lo que es —una política joven que se banque las críticas del oficio—, no por victimizarla. El discurso de "duro con las ideas y suave con las personas" no aplica cuando la persona pidió plata pública y el Ejecutivo se la intentó colar por la puerta de atrás. Eso no es severidad; eso es corrupción de escritorio, sin pluma.


