En la madrugada del 25 de agosto de 2013, durante los MTV Video Music Awards en Brooklyn, Miley Cyrus entró a los anales de la farándula de la forma más ruidosa posible. La exestrella de Hannah Montana subió al escenario con un diminuto leotardo de color carne para interpretar su tema "We Can't Stop" junto al cantante Robin Thicke.
Lo que sucedió en los siguientes minutos fue un tsunami de polémica. Miley ejecutó movimientos de cadera explícitamente sexualizados, tocó su propio cuerpo de manera provocadora y, en el momento más polémico, simuló actos sexuales sobre Thicke. El público quedó en shock. Twitter estalló. Las madres de América se tiraron de los pelos.
La reacción apocalíptica
El escándalo fue global. No fue solo un performance provocador: fue una ruptura simbólica. Aquella chica que cantaba "Best of Both Worlds" en Disney Channel acababa de hacer un striptease emocional en vivo, frente a millones de espectadores. Los padres estaban furiosos. Miley fue trendencia mundial durante días. Los hashtags de condena se multiplicaban. Fue el momento en que la industria entendió que Miley no era más la nena de las canciones adolescentes.
Miley defendió su performance. Dijo que era «arte», que era expresión sexual liberada, que no le importaba lo que pensara la gente conservadora. En las redes, generaciones divididas: quiénes la aplaudieron por su libertad y quiénes la atacaron por su falta de respeto. Los medios no paraban: psicólogos hablando sobre la sexualización de menores (aunque Miley ya era mayor de edad), feministas debatiendo si era empoderamiento o explotación.
El antes y después real
Ese momento en los VMAs fue el puntapié para su álbum "Bangerz", lanzado poco después, donde Miley doble apuesta: videos provocadores, letras explícitas, una estética completamente destrozada. Se sacudió la imagen Disney como quien se quita barro. Fue deliberado, fue estratégico, y funcionó: generó conversación masiva, la mantuvo en la boca de todos.
Mirando 2013 desde la farándula global, los VMAs de Miley Cyrus fueron el escándalo más viral, más documentado, más comentado. No fue un asunto legal ni un quiebre matrimonial: fue una presentación de ocho minutos que cambió la forma en que la industria entendía el reinicio de carrera de una estrella pop. Tosco, provocador, efectivo. Miley lo sabía. Y al parecer, le importaba poco si el mundo estaba de acuerdo.