Eran las 00:45 del 31 de agosto de 1997 cuando un Mercedes S280 se estrelló contra un pilar en el túnel de l'Alma en París. Adentro viajaban Lady Diana Spencer, Dodi Al-Fayed (empresario y heredero de los almacenes Harrods), el conductor Henri Paul y el guardaespaldas Trevor Rees-Jones. Diana y Dodi murieron en el acto. El mundo se detuvo.
La persecución de los paparazzi
Diana había pasado la velada cenando en el Ritz Hotel de París con Dodi, hijo del magnate egipcio Mohamed Al-Fayed. La pareja venía siendo fotografiada obsesivamente durante todo el verano en yates de lujo por el Mediterráneo. Era el romance que los tabloides esperaban desde hacía años: la princesa divorciada de Carlos, finalmente feliz al lado de alguien nuevo.
Esa madrugada, mientras abandonaban el hotel, una decena de fotógrafos en motos persiguió el Mercedes por las calles de París. El conductor pisó a fondo. La velocidad, la falta de visibilidad en el túnel y, según investigaciones posteriores, posibles luces cegadoras de flashes: la combinación fue letal. El auto se estrelló. Diana fue trasladada de urgencia al hospital de la Pitié-Salpêtrière, pero falleció sin recuperar la consciencia.
Una noche que cambió todo
Lo que siguió fue un funeral de Estado sin precedentes. Millones de personas en todo el mundo se paralizar para ver las imágenes: la abadía de Westminster repleta, sus hijos William y Harry caminando detrás del ataúd, la nota de despedida que Elton John cantó entre lágrimas, los pétalos de flores cubriendo las calles de Londres.
Se abrió una investigación formal. La culpa recayó principalmente en los paparazzi y en la velocidad excesiva. Pero nacieron teorías de conspiración — todavía hoy circulan versiones sobre sabotaje, órdenes reales para desaparecer un romance incómodo, y hasta se cuestionó el papel del servicio de seguridad británico. La investigación francesa concluyó que fue accidente; en 2008, una investigación británica llegó a la misma conclusión.
Lo cierto es que Diana, quien pasó más de una década como la Princesa del Pueblo, terminó perseguida hasta la muerte por los mismos medios que la habían elevado al estrellato. Su muerte no solo fue una tragedia personal: fue un antes y un después en la relación entre la prensa, las celebridades y la privacidad. Y también sacudió a la monarquía británica de una manera que los Windsor nunca esperaron.
Treinta años después, todavía hay gente que recuerda exactamente dónde estaba cuando se enteró. Ese tipo de escándalo.