Febrero de 1991. Mike Tyson, el 'Niño Terrible' del boxeo, el tipo que mordía orejas y escupía en el ring, estaba en la cúspide de su fama destructiva. Peleaba a los 25 años, ganaba fortunas y vivía como un pequeño dios del deporte. Pero esa noche en el hotel Canterbury de Indianapolis todo cambió de golpe.
Una joven llamada Desiree Washington, aspirante a modelo y reina de belleza de Rhode Island, lo acusó de haberla violado en la habitación del hotel. Tyson admitió el encuentro sexual pero negó la violación. El boxeador insistió en que fue consensual.
El juicio del siglo en el ring de los medios
El proceso fue un circo mediático sin precedentes. La defensa de Tyson intentó desacreditarla, sugiriendo que Washington era una cazadora de celebridades. Pero el fiscal presentó evidencia forense contundente. En febrero de 1992 — después de un año de cobertura obsesiva — el jurado lo declaró culpable. Sentencia: seis años de prisión.
Tyson fue trasladado a la penitenciaría de Indiana. Las imágenes del campeón mundial esposado, en uniforme carcelario, dieron la vuelta al mundo. De ser la figura más dominante del boxeo a estar tras rejas. Una caída vertiginosa.
La carrera se detiene en seco
Lo que nadie esperaba en 1991 era que ese año marcaría el inicio del fin de la era Tyson. Pasó tres años en prisión (salió en 1995). Cuando regresó, ya no era lo mismo. Los rivales más peligrosos lo evitaban. Su aura de invencibilidad se había roto. El boxeo perdió al villano más entretenido que jamás tuvo; la sociedad celebró — o criticó — una condena que divisó aguas.
Hoy el caso sigue siendo polémico. Algunos ven a Tyson como un depredador que pagó su deuda. Otros cuestionan la condena. Lo que es seguro: 1991 fue el año en que Mike Tyson dejó de ser intocable. Del ring a la celda. La farsa de la invulnerabilidad de las celebridades quedó al desnudo.