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Fallece la jueza Ruth Bader Ginsburg y se abre una guerra política por la renovación del Supremo de EE.UU.

Corresponsal en Nueva York
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El Tribunal Supremo de EE.UU. ha informado este viernes del fallecimiento de Ruth Bader Ginsburg, la jueza decana de la más alta instancia judicial del país. La muerte de Ginsburg, de 87 años, se produce en plena campaña electoral para la reelección de Donald Trump y supone un terremoto político de consecuencias inciertas. El relevo de la magistrada podría afectar a la composición ideológica del órgano decisivo sobre la interpretación de la Constitución y del sistema legal del país y provocará una batalla en el Senado que afectará a las elecciones del próximo noviembre.

Ginsburg, un bastión progresista en el Tribunal Supremo y un icono pop para los sectores izquierdistas de EE.UU. en la recta final de su vida, falleció por «complicaciones en un cáncer metastásico», informó el tribunal en un comunicado. La jueza llevaba más de dos décadas de pelea contra el cáncer. Ya en 1999 tuvo que ser tratada por un cáncer de colon, una dolencia que en los últimos años sufrió también en el páncreas y en los pulmones.

Ginsburg fue una figura central en la lucha contra la discriminación por cuestión de género antes de incorporarse al Supremo. La nombró para el cargo el presidente Bill Clinton en 1993. Entonces, era solo la segunda mujer en vestir la toga del criminal en la historia de EE.UU.

El escenario político que abre la muerte de Ginsburg es volcánico. Donald Trump y los republicanos del Senado -el órgano encargado de confirmar la nominación de jueces del Supremo- tienen tiempo suficiente para colocar un nuevo juez antes de que se elija un nuevo presidente y se renueve un tercio de la cámara alta en las elecciones del 3 noviembre. También podrían hacerlo después de las elecciones, porque la presidencia y el Senado no cambiarían de manos hasta enero.

La renovación del Supremo ha sido una de las grandes cartas electorales de Trump. En las elecciones de 2016, el entonces candidato insistió hasta la saciedad en la importancia del alto tribunal para conquistar a votantes conservadores incómodos con un multimillonario lenguaraz y mujeriego. Trump ha cumplido con creces con ese electorado en su primer mandato: ha tenido la oportunidad de colocar a dos jueces y ha nominado a magistrados conservadores.

Ahora tiene la oportunidad de elegir a un tercero cuando su primer mandato está a punto de concluir. Si lo consigue dejaría un Tribunal Supremo con una línea mucho más conservadora que el que encontró, con seis jueces nominados por republicanos y solo tres elegidos por demócratas. Esta nueva supermayoría conservadora podría determinar el futuro de EE.UU. en asuntos centrales -aborto, discriminación racial, acceso a armas, derechos LGBT, financiación electoral- e inclinar al país hacia esa posición ideológica durante muchos años (el cargo de juez del Supremo no expira).

Trump conoció la muerte de Ginsburg de la mano de los periodistas. Nada más acabar un mitin en Minnesota, de camino al avión presidencial, los periodistas le pidieron una reacción al fallecimiento. «¿Ha muerto?», contestó con gesto de sorpresa. «Tuvo una vida increíble, ¿qué más se puede decir? Fue una mujer increíble, estuvieras de acuerdo con ella o no. Me entristece escucharlo». Después, en un comunicado, destacó sus esfuerzos para conseguir la «igualdad legal de las mujeres y de los incapacitados» y la calificó de «titán de la ley».

La renovación del Supremo con la campana a punto de sonar para Trump devuelve la mirada a 2016. En marzo de aquel año, ocho meses antes de las elecciones presidenciales que encumbrarían a Trump, Barack Obama eligió al juez Merrick Garland, progresista, para ocupar el hueco dejado por Antonin Scalia, conservador. Entonces, como hoy, el Senado estaba bajo mayoría republicana. También como hoy, su líder era Mitch McConnell, senador republicano por Kentucky. Bajo su mando, los republicanos obstaculizaron el proceso de confirmación de Garland para evitar un nuevo juez progresista en el Senado. Defendieron entonces que no era justo en año de elección presidencial votar a un nominado por un presidente saliente y que había que dar voz a los votantes para que eligieran al presidente que nominara al siguiente juez. La jugada funcionó: Garland no fue confirmado, Trump ganó las elecciones y nominó a un juez conservador, Neil Gorsuch, que el Senado confirmó.

Cuatro años después, aquella justificación de McConnell y los republicanos ya no sirve. Al menos para McConnell, que, poco después de la muerte de Ginsburg, anunció que haría lo que no permitió en 2016: se votará al nominado que Trump elija. En un comunicado, McConnell justificó que la situación es distinta. Entonces había un Senado elegido para oponerse a Obama. Ahora, el Senado está elegido para cumplir la agenda de Trump.

Lo que queda por delante será una batalla encarnizada en el Senado, que afectará a la composición del Supremo, a la elección del presidente y a la configuración del Senado. Está por ver si una elección ‘in extremis’ de un juez conservador moviliza al electorado demócrata o, quizá, reafirma al votante conservador sobre la importancia de elegir presidente y senadores con capacidad de influir en la composición del Senado.

El candidato demócrata, Joe Biden, terció en el asunto nada más conocer la muerte de la jueza: «Los votantes deben elegir al presidente. El presidente debe elegir al juez. Esa due la posición que el Senado republicano tomó en 2016. Esa es la posición que debe tomar hoy».

Los demócratas necesitan al menos tres defecciones republicanas para evitar la confirmación del nuevo juez antes de las elecciones. Lisa Murkowski, senadora republicana por Alaska, ya dijo este viernes que se opondría. Otros republicanos de estados moderados que se juegan el escaño podrían seguirle. Otros, como Lindsay Graham, que sostuvieron en su día que nunca confirmarían a un juez del Supremo en año electoral, tendrán que comerse la hemeroteca si no lo hacen.

Pocos días antes de su muerte, Ginsburg dictó un último deseo a su nieta, Clara Espera: «Mi deseo más ferviente es que no sea reemplazada hasta que haya un nuevo presidente». Que se cumpla o no es será la gran batalla política de este otoño, junto a la reelección de Trump.

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