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Los puntos de fricción entre Giscard y España: etarras, ingreso a la antigua CEE y el coqueteo con Cuba

Corresponsal en París
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Valery Giscard d’Estaing fue el jefe de Estado que siguió y participó personalmente más de cerca en la transición del franquismo a la democracia y la vuelta de España a Europa, asumiendo una participación directa en tales procesos que provocaron tensiones e «incomprensiones» mal estudiadas.

Giscard quizá fue el único jefe de Estado que decidió dialogar personalmente con don Juan Carlos, entre 1975 y 1980, estableciendo unos vínculos muy fuera de lo común: con reuniones, viajes, incluso cacerías con el Rey que iniciaba la gran transición. Ese diálogo personal entre el monarca español y el presidente francés suscitó celos y odios todavía bien «audibles» décadas más tarde.

Josep Meliá consejero íntimo de Adolfo Suárez, me resumió en su día, esas tensiones profundas: «Hay un problema de fondo. Giscard quiere hablar directamente con el Rey de los grandes asuntos, Europa, el puesto de España en la organización militar de la Alianza. Y eso sienta mal, como un “puenteo” en la Moncloa».

Esa incomprensión se transformó en crisis larvada el verano/otoño de 1977, cuando Adolfo Suárez realizó su legendaria gira europea, anunciando la presentación de la candidatura de España al ingreso en la antigua CEE. Aquella gira tuvo luces y sombras muy mal vistas en París. En La Haya, Suárez anunció que España no deseaba entrar en la «Europa de los mercaderes». Era la terminología de la izquierda comunista. Suárez no deseó aclarar cuándo y cómo podría ingresar España en la Alianza Atlántica y su organización militar. Entre 1977 y 1980, el diálogo personal entre Giscard y el Rey se prolongó por varios canales, cuando las relaciones diplomáticas oficiales, entre París y Madrid, se degradaban a ojos vista.

Suárez organizó un viaje de Estado acompañado con todos los ministros capitales. El primer ministro español solo dialogó personalmente con el primer ministro de Giscard, Raymond Barre. El embajador de España en París participó en ese encuentro y felicitó a Suárez por su discurso oficial, preguntándole: «Alfonso, has quedado como un señor. ¿Cómo lo has hecho?». Esta fue la respuesta de Suárez, según el embajador de España: «Sin problemas. Ayer llamé a Fuentes Quintana, por teléfono y me explicó todo el problema europeo en diez minutos».

La agravación del terrorismo etarra recrudeció la incomprensión bilateral. El Gobierno español reclamaba la expulsión y la entrega inmediata de etarras y presuntos etarras refugiados en Francia. Giscard y sus ministros del interior decían comprender las razones españolas, pero pedían el cumplimiento de requisitos jurídicos básicos. En Madrid, el ministerio del Interior filtraba a la prensa española los nombres de numerosos etarras y presuntos etarras, afirmando a gritos que Giscard era el «culpable» del «santuario etarra». En París, Christian Bonnet, ministro giscardiano del interior, me comentó: «Oiga su gobierno no presenta los justificantes judiciales básicos imprescindibles para cumplir una política de extradiciones. Para profundizar la cooperación policial es imprescindible utilizar recursos y argumentos jurídicos similares. A día de hoy, seguimos esperando».

Coqueteo con países del tercer mundo

Esos problemas de inmenso calado, para Francia y para los modelos de cooperación policial europea, se prolongaron durante una década corta. Pero tuvieron una importancia crucial entre 1977 y 1981. Desde la óptica francesa, las maniobras diplomáticas de Adolfo Suárez (recepción de Yasser Arafat, «coqueteo» con los países del tercer mundo, Cuba y Yugoslavia incluidas) «complicaban» mucho el puesto de España en Europa, tal como Giscard lo había imaginado dialogando con don Juan Carlos.

La incomprensión culminó el mes de junio de 1980, cuando Giscard pidió una pausa en las negociaciones España/CEE. En Madrid se interpretó como «parón» y «giscardazo».

Décadas más tarde, durante un viaje privado a Budapest, Giscard me dio esta visión propia de los problemas de fondo: «La prensa española tuvo un comportamiento injusto y muy agrio, fuera de lugar, acusándome de un “parón” nunca explicado. Sin duda, mi primera intención era defender los intereses y las rentas de los agricultores franceses. Pero, pero, señor Quiñonero, había otros factores muy importantes, que nadie deseó escuchar ni parecía entender. La CEE estaba en una encrucijada. La señora Thatcher quería cambiar las reglas de juego establecidas: la integración del Reino Unido se percibía confusa, imperfecta, de imprevisible futuro, como terminaría confirmándose. Y nadie sabía con precisión y claridad dónde y con quién deseaba estar el gobierno de Adolfo Suárez. En Washington y en Bonn inquietaban unas posiciones que parecían coquetear con el movimiento de los no alineados, con mensajes ambiguos y dilatorios sobre la Alianza Atlántica. Al mismo tiempo, se buscaba en Londres un apoyo no del todo comprensible en París o en Bonn, que tenían una visión de Europa muy distinta a la inglesa. ¿Qué cosa más natural, por mi parte, que pedir una clarificación que permitiese terminar con los problemas del ingreso del Reino Unido, antes de comenzar a complicar la situación de la CE con un futuro miembro que tampoco estaba claro en qué tipo de Comunidad quería participar como miembro activo?».

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