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Líbano, la explosión de un sistema agotado

Corresponsal en Jerusalén
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Cuando las 2.700 toneladas de nitrato de amonio explotaron y se elevaron al cielo de Beirut como un enorme hongo nuclear, se llevaron por delante 150 vidas, 300.000 hogares y a un sistema político agotado. A falta de conocer los resultados de la investigación «todo indica que en la explosión no están envueltos los sospechosos habituales como Hizbolá, Israel, los grupos yihadistas o Siria. La verdad parece mucho aburrida y perturbadora: décadas de corrupción a todos los niveles institucionales han destruido el puerto, una buena parte de la ciudad y se ha llevado por delante muchas vidas», apuntó el analista Faysal Itani, vicedirector del Center for Global Policy, en el diario «The New York Times». «Los políticos libaneses son los peores enemigos», tituló el diario local «The Daily Star» tras la explosión, un reflejo del pensamiento extendido entre una población indignada por la negligencia de unos mandatarios que sabían de la peligrosidad del material almacenado en el puerto desde 2014, pero no hicieron nada.

Líbano, con 6,8 millones de habitantes, reconoce 18 comunidades religiosas diferentes. Los tres puestos principales están reservados a los cristianos maronitas (presidente), musulmanes suníes (primer ministro) y musulmanes chiíes (presidente del parlamento). En la cámara hay 128 asientos y todos los ocupan musulmanes, incluidos drusos, y cristianos.

El sistema político multiconfesional libanés es el fruto de los Acuerdos de Taif, que pusieron fin en 1989 a quince años y seis meses de guerra civil. Las armas callaron, los señores de la guerra cambiaron sus uniformes por trajes, se pasaron a la política y han pasado tres décadas gobernando cada uno para su comunidad religiosa, no para todo un país. Las mismas caras de los años más sangrientos de la guerra siguen manejando los hilos gracias a un status quo que han adaptado a sus necesidades. Tres décadas en las que también han resultado decisivas las ocupaciones militares de Israel (hasta el 2000) y de Siria (hasta 2005), y la guerra entre Hizbolá y los israelíes, del verano 2006. El partidio milicia chií creado por el Imam Jomeini fue el único que no se desarmó en Taif. Tres décadas después opera como un estado dentro del estado y es un actor con fuerte influencia regional y un papel decisivo en la nacional.

El presidente, Michel Aoun, lidera el Movimiento Patriótico Libre de los cristianos maronitas; Samir Geagea es la cabeza visible del que fuera Partido Falangista, también cristiano, hoy llamado Fuerzas Libanesas; Nabih Berri lidera desde 1980 el movimiento chií Amal, mientras que Hasán Nasrala encabeza Hizbolá, también chií, ambos partidos combatieron entre ellos durante la guerra, pero desde 2006 están unidos; Saad Hariri recogió el testigo de su padre, Rafik Hariri, asesinado en 2005, y es el rostro del Movimiento Futuro, el bloque suní; Walid Jumblat representa a la minoría drusa al frente del Partido Socialista Progresista… Son los nombres más relevantes de los cabecillas de auténticos clanes, que dividen el país, las ciudades y las calles en áreas de influencia. Ellos se enriquecen, mientras Líbano se hunde y sufre la crisis económica más grave que recuerda.

Después de una larga guerra en la que se pelearon, crearon alianzas temporales imposibles y se volvieron a matar entre ellos, ahora se limitan a criticarse mutuamente, pero hacen lo imposible para mantener operativo un sistema del que se benefician. «Los mismos cárteles de la guerra gobiernan como si no hubiera un mañana, y han transformado el llamado “sistema de reparto del poder” en un cártel oligárquico que carece de responsabilidad, rotación o formulación de políticas estratégicas», critica en la revista «Newsweek» Tamirace Fakhoury, profesora de Ciencias Políticas de la Universidad Americana de Beirut.

Ultimátum de Macron

Ahora esta élite se enfrenta a la ira generada por la enorme explosión del puerto y tiene sobre la mesa el ultimátum del Emmanuel Macron, que les dio hasta el 1 de septiembre para fijar «un nuevo marco político», de lo contrario «asumiré mi responsabilidad política», señaló el mandatario europeo. El presidente francés hizo lo que ninguno de los líderes libaneses ha hecho hasta ahora y caminó por las zonas afectadas cercanas al puerto, barrios cristianos como Gemayze donde le recibieron entre aplausos y gritos de «¡Viva Francia!». La desconfianza en las instituciones se plasmó también en una campaña de recogida de firmas para pedir que Líbano vuelva a estar bajo mandato de Francia, una propuesta que recibió el apoyo de 60.000 personas en menos de 48 horas.

El futuro se presenta complicado debido a la profunda penetración de estos clanes en el día a día y la falta de un movimiento inter sectario con capacidad de convertir la indignación popular en un actor político de peso. El poder del estado paralelo en la sombra creado por Hizbolá es también un desafío para cualquier intento de reforma. «El país necesita hoy un gobierno de transición en el que la gente confíe y con la tarea de sacar al Líbano del abismo económico y político. Esto debería ir acompañado de la dimisión, improbable pero necesaria, del presidente bajo cuya supervisión continúa el aislamiento del Líbano del mundo y se socava su cultura cosmopolita», apunta en su último artículo sobre Líbano Maha Yahya, directora del Carnegie Middle East Center.

Tras la oleada de protestas que arrancaron el 17 de octubre, la jerarquía libanesa protegió sus posiciones moviendo ficha y nombrando a Hasan Diab primer ministro en lugar de Saad Hariri. Este movimiento cosmético y la llegada del coronavirus les dieron un respiro temporal que ha terminado con la doble explosión del puerto y la destrucción de medio Beirut. Las calles vuelven a rugir contra el sistema.

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