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Johnson y Von der Leyen asumen las riendas para buscar in extremis un acuerdo pos-Brexit

Corresponsal en Bruselas
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La presidenta de la Comisión Europea y el primer ministro británico mantuvieron este lunes una segunda conversación telefónica en tres días, que terminó igual que la primera, sin asomo de posible coincidencia en la negociación sobre el tratado que ha de regir las relaciones comerciales en el futuro. Esta vez ambos pactaron al menos una declaración conjunta que reconoce las divergencias, pero que adelanta que van a intentar resolverlas personalmente en una reunión presencial en Bruselas.

«Coincidimos en que no existen las condiciones para finalizar un acuerdo, debido a las diferencias significativas restantes en tres cuestiones fundamentales: igualdad de condiciones, gobernanza y pesca», dice este comunicado en el que a renglón seguido afirman que van a tomar las riendas del último intento de evitar una ruptura brusca a partir del 1 de enero, cuando el Reino Unido se desconectará definitivamente de la UE. Para ello piden a sus jefes negociadores y sus equipos «que preparen una descripción general de las diferencias restantes para discutirlas en una reunión física en Bruselas en los próximos días».

Durante las últimas semanas, el negociador europeo, Michel Barnier, había intentado sutilmente explicar que las negociaciones técnicas habían alcanzado su límite y que no había más capacidad de avanzar a falta de una decisión política que por su propia naturaleza podría suponer rebasar alguna de las líneas rojas. Con las que cada parte ha planteado como infranqueables, ya se ha visto claramente que no llegarán a converger en ningún caso.

Ayer dio la impresión durante unas horas de que los equipos de Barnier y de David Frost habían explorado esa puerta, porque el domingo a las 11 de la noche se difundieron noticias que daban a entender que la Unión Europea podía ceder en el caso de la pesca, que es algo que se puede ajustar en compensaciones económicas, número de barcos y plazo transitorio para su aplicación, y a cambio Londres parecía dispuesto a renunciar a esa parte de su reciente legislación que va en contra del acuerdo de salida y que amenaza con forzar el restablecimiento de las fronteras físicas en la isla de Irlanda.

Pesca en aguas británicas

Además de Frost, este martes viajó a Bruselas también Michael Gove, el «número dos» del gabinete de Johnson, para reunirse con el vicepresidente de la Comisión, Maros Sefcovic, con el que forman el comité de coordinación del cumplimiento del tratado del Brexit, para hablar precisamente de esta controvertida legislación británica que Londres parece enseñar en la negociación, aunque sin demasiada convicción porque retirarla tendría un coste político muy alto para Johnson.

El espinoso asunto del acceso a las aguas británicas por parte de los pesqueros europeos tampoco estaba resuelto y de hecho el Gobierno de Londres ha advertido claramente de que si no hay un acuerdo, a partir del 1 de enero se ha instruido a la Royal Navy para que expulse por la fuerza de las aguas británicas a todo pequero europeo que se encuentre dentro de sus límites.

El secretario de Medio Ambiente, George Eustice, anunció que se ha aumentado la capacidad de la flota de protección pesquera de la armada británica para vigilar las aguas del espacio económico exclusivo, precisamente porque ello «evitará que los barcos de la UE entren a pescar» en caso de que no se llegue a un acuerdo.

Más delicado aún es el tema del respeto de los operadores económicos británicos de las regulaciones europeas como condición para seguir teniendo acceso al mercado único, en el que la posición europea se ha definido como inflexible. La prensa británica asegura que los gobiernos de Francia y Alemania han reiterado al equipo de Michel Barnier las directrices de negociación según las cuales esta sería una infranqueable línea roja, por lo que el resultado final de las negociaciones sigue siendo incierto.

El tema de las regulaciones comerciales es un asunto fundamental para ambos. La UE no puede aceptar que los fabricantes británicos puedan competir con los europeos sin tener que respetar las mismas reglas de protección a los consumidores o al medio ambiente, mientras que para Boris Johnson aceptar esta exigencia significa tener que asumir que una de las banderas de los partidarios del Brexit, que era escapar del marco regulatorio europeo, no se va a cumplir. Peor aún, deberían seguir obedeciendo las reglas europeas a pesar de que ya han perdido su capacidad de elaborarlas y de modificarlas, ya que se ha retirado de las instituciones. Bruselas pretende que el Reino Unido tenga que aceptar la posibilidad de imponer aranceles unilaterales sobre las exportaciones británicas que no cumplan con esas regulaciones, para evitar la competencia desleal para las empresas comunitarias.

Por la mañana, Barnier tuvo una reunión con los miembros de la comisión de seguimiento del Brexit en el Parlamento Europeo y con los embajadores de los países miembros, a los que explicó con claridad que a su juicio solo quedan dos días para poder llegar a un acuerdo, el martes y el miércoles, y que si el jueves la situación sigue bloqueada, no quedará más opción que empezar los preparativos para una desconexión sin acuerdo, tal vez con una excepción para permitir a los aviones seguir volando, puesto que a falta de un acuerdo general será necesario empezar a construir desde cero todo un arsenal de normas comunes, como si el Reino Unido fuera un país tercero con el que acabamos de establecer relaciones diplomáticas.

La amenaza de Francia

Tal vez Johnson está convencido de que negociando directamente con Von der Leyen obtiene una cierta ventaja respecto a la situación simétrica de los negociadores. En su caso, él es la última instancia que decide, mientras que la presidenta de al Comisión tiene la legitimidad, las competencias y el mandato para negociar, pero a partir de ciertos límites no puede tomar una decisión sin estar segura de que será aceptada por los principales países. Conoce muy bien las posiciones del suyo, Alemania, pero tiene que lograr un resultado que sea aceptable también para todos los demás, especialmente para Francia, que ya ha amenazado varias veces con bloquear un acuerdo que rebase agunas de las líneas rojas.

Todos, europeos y británicos, insisten en que quieren intentar llegar a un acuerdo, pero no con la misma intención. Este lunes, la ministra de Asuntos Exteriores española, Arancha González Laya, dijo que prefería «un acuerdo modesto» que una separación sin acuerdo. Sin embargo, el presidente Emmanuel Macron ha dicho que Francia prefiere ese Brexit sin reglas «que un mal acuerdo». Tal vez en eso también coincide Boris Johnson, aunque el británico aún no ha asumido que para su país cualquier acuerdo será malo, porque será peor que estar en el club del que formaron parte durante 40 años y del que decidieron irse voluntariamente.

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