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Hiroshima y Nagasaki luchan contra el olvido

Corresponsal en Asia
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Saben que no les queda mucho tiempo y no quieren morirse sin haber visto el fin de las 15.000 armas nucleares que hay todavía en el mundo. Aunque sobrevivieron a las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki y a las secuelas que les dejó la radiactividad, se enfrentan a un enemigo mucho más peligroso: el olvido. Para que su lucha se siga recordando, los supervivientes de ambos ataques, llamados «hibakusha», repiten su mensaje antinuclear con más fuerza cada aniversario, como el que hoy se conmemora en Nagasaki.

Setenta y cinco años después de que Estados Unidos lanzara las dos bombas para forzar la rendición de Japón en la II Guerra Mundial y, de paso, mostrar al mundo el poder destructor de su capacidad nuclear, quedan algo más de 136.600 supervivientes. Con una media de 83 años, están redoblando sus esfuerzos para transmitir su legado, es decir su experiencia, a sus «sucesores», como se conoce a los voluntarios que se aprenden de memoria sus vidas para contárselas a las generaciones futuras.

En sesiones abiertas al público, al menos hasta que estalló la pandemia del coronavirus, así se hacía en el Museo de la Paz de Hiroshima, donde los propios «hibakusha» o sus «sucesores» narraban la peor tragedia que puede ocurrirle a un ser humano: que le caiga encima una bomba atómica. Para un periodista, entrevistar a los «hibakusha» es una de las experiencias más emocionantes no solo por ser testigos de tan dolorosa historia, sino por la humanidad que irradian.

Desde 2011, cuando estaba cubriendo el tsunami que provocó el desastre nuclear de Fukushima, he tenido la suerte de conocer a una decena de «hibakusha», cuya capacidad para superar la catástrofe, perdonar el horror y ver la vida con ojos limpios son un ejemplo que debería inspirarnos cada día. Como Keijiro Matsushima, quien tenía 16 años cuando estalló la bomba atómica sobre Hiroshima y la comparaba con el accidente en la central nuclear de Fukushima. Muy crítico con el derroche energético de Japón, falleció en noviembre de 2014, a los 85 años, sin haber visto cumplido su sueño de un mundo libre de armas atómicas.

«Sobreviví de milagro»

Tampoco lo logró Fujio Torikoshi, quien tenía 14 años y vivía con su madre y nueve hermanos en Yamate-machi, una colina desde donde se divisaba todo Hiroshima, aquel fatídico 6 de agosto de 1945. Aunque estuvo a punto de perecer por las graves quemaduras que sufrió, le salvó la nana que le cantaba su madre, que tocaba con una armónica cuando le entrevisté en 2015, durante el 70º aniversario. «Como no podía comer, mi madre hizo una pajita con el tallo de una planta de trigo, con la que me daba los alimentos que ella masticaba para que los tragara», rememoraba antes de afirmar que «sobreviví de milagro». Por eso, como le ordenó su madre, aseguraba que «tenía que cuidar de esta segunda vida que había recibido y hacer algo bueno».

Fujio Tokiroshi fue maestro de escuela y se casó ocultándole a su mujer que era un «hibakusha» por el estigma que arrastraban. Después de que su primera hija, nacida de cesárea, muriera a los quince minutos del parto, decidió no traer más descendencia por miedo a que tuvieran problemas de salud derivados de la radiación que él sufrió. «Aunque padezco síntomas de leucemia, no guardo odio a los americanos por la bomba porque Japón también cometió atrocidades y tengo que seguir recordando mi historia para luchar por la paz», contaba con una sonrisa. Antes de fallecer en junio de 2018, pasó su «legado» a Mizusu Nakamato, ama de casa que hoy tiene 65 años y transmite «sus pensamientos y sentimientos en su nombre y el de todos los supervivientes de las bombas atómicas».

Keijiro Matsushima sobrevivió a la bomba atómica de Hiroshima con 16 años y falleció el 12 de noviembre de 2014 con 85
Keijiro Matsushima sobrevivió a la bomba atómica de Hiroshima con 16 años y falleció el 12 de noviembre de 2014 con 85 – P. M. Díez

Aun con vida, Tamiko Shiraishi, una mujer de 81 años que tenía seis cuando la bomba atómica sumió a Hiroshima en el infierno, jamás olvidará lo que vio aquellos días. Como la legión de zombis que, quemados de los pies a la cabeza, con la ropa hecha jirones y la piel cayéndosele a tiras, deambulaban entre las humeantes ruinas. «En una clínica, una persona, tan abrasada que no sabía si era hombre o mujer, me pidió agua. Corriendo, salí a una tubería rota en la calle y, haciendo un cuenco con mis manos, le llevé un poco de agua. Aunque se me derramó casi toda, chupó las gotas que caían de mis dedos y me dio las gracias. Luego no volvió a moverse», relataba con voz entrecortada. «Al instante, dos enfermeras me echaron y una mujer me dijo que esa persona había fallecido porque yo le había dado agua», desgranaba en 2015 su primera visión de la muerte, pero no la última.

«En las calles se amontonaban tantos cadáveres que debíamos saltarlos. Algunos se habían quedado carbonizados mirando al cielo y con los brazos extendidos para protegerse de la bomba», observaba Tamiko, quien, «en medio de un hedor insoportable porque todo se había quemado», recorrió la ciudad junto a su madre en busca de su abuela. «Mi madre hurgaba entre los muertos porque sus caras eran irreconocibles», recordaba la mujer, que finalmente encontró a su abuela en una casa de socorro. Gravemente herida, los médicos se la devolvieron a su madre para que muriera en su casa. «Su espalda estaba tan infectada que tenía que quitarle los gusanos con unos palillos», contaba compungida.

«La mayor venganza contra la bomba atómica es impedir que algo así ocurra de nuevo», afirma Masahiro Kunishige

En mayo de 2016, cuando Obama se convirtió en el primer presidente en activo de EE.UU. en acudir a Hiroshima para pedir perdón, Masahiro Kunishige, quien sobrevivió a la bomba con 14 años, no quería sus disculpas, sino el fin de las armas nucleares. «Al principio sí odiaba a los americanos por las heridas y quemaduras tan graves que sufrí, de las que tardé tres meses en curarme. Pero, al cabo de diez años, me di cuenta de que no tenía ningún sentido seguir deseando una venganza diente por diente y ojo por ojo», explicaba con una sonrisa benévola. Para él, «la mayor venganza contra la bomba atómica» era «impedir que algo así ocurra de nuevo».

Y en Nagasaki, donde Shigemi Fukahori perdió a su madre y a cuatro de sus cinco hermanos cuando tenía 14 años, la bomba atómica fortaleció su fe católica para ordenarse sacerdote. Así se lo contó al Papa Francisco durante su visita a Japón en noviembre para que no se vuelva a repetir aquel horror nuclear. Palabra de «hibakusha».

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