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Gigantes y pigmeos


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Guerras tengas y las ganes. La maldición de la gitana se aplica a las guerras tal vez más que a los pleitos, ya que los supuestos vencedores acaban con problemas difíciles de superar de cómo remediar las heridas, cuidar las llagas mentales y morales, reedificar las ruinas, recuperar el coste, explotar la victoria sin perpetuar el odio y el resentimiento de los vencidos, y reconstruir un entorno habitable dentro de los «confracti rudera mundi» -por prestarle la frase a Virgilio- los fragmentos, es decir, de un mundo quebrado.

Los vencedores suelen fracasar. Pensamos en los casos actuales de la incapacidad de los EE.UU. de gestionar sus victorias en Irak o en Afganistán, o en los desastres que se han conseguido los sauditas en Yemen, o los contrarrevolucionarios en Siria. Si remontamos al siglo veinte, tenemos ejemplos poco alentadores: entre otros muchos, la Primera Guerra Mundial, cuando la paz impuesta por los aliados condenó el mundo a hundirse económicamente y fomentó guerras futuras; la guerra civil española, cuyos efectos siguen dividiéndonos; la guerra de Corea, que enfrió la guerra fría; los conflictos digamos bajoimperiales de los británicos en Suez, Adén, Kenia, Malaya y las Malvinas, todos los cuales terminaron en victorias píricas que ni arrestaron ni el declive del Reino Unido ni la pérdida de su imperio.

El caso más claro -que lleva, además, las lecciones más inquietantes para los líderes del mundo de hoy frente a la lucha contra el Covid-19– es el de la victoria que se celebra, con poco acierto, en la actualidad: la Segunda Guerra Mundial.

En aquel momento el mundo tuvo una ventaja que nos falta en el día de hoy: líderes de la categoría gigantesca de Truman, que se demostró capaz de tomar una decisión tan arriesgada como la de lanzar la bomba atómica; De Gaulle, quien, a pesar de sus defectos de arrogancia personal, tenía una visión clara y moral de su deber patriótico y religioso; Stalin, que fue un monstruo pero un monstruo inteligente; y Churchill, que sabía bien las calidades que se exigen en momentos claves de destino histórico -«en la victoria, la magnanimidad, y en la paz la buena voluntad»-.

Contemplando ahora los pigmeos que dictan el futuro del mundo se queda desesperado. Tenemos a un Trump -payaso malévolo-; un Xi y un Putin, quienes son, como Trump, entre los autores del regreso hacia un mundo posideológico de nacionalismos contundentes; un Boris Johnson, intentando pálidamente imitar a Churchill y gestionando la crisis del coronavirus aun peor que Pedro Sánchez, con un récord muy parecido de fracaso y de falta de preparación y una tasa de muertos aún más escalofriante; un Macron, cuyos instintos europeístas son recomendables pero que se muestra ineficaz ante una situación ingobernable; y una Merkel, que es, «hors pair», la gran dama del mundo pero cuya carrera política está tocando hacia su fin.

Desgraciadamente, en la posguerra de la Segunda Mundial, aquella miríada de talentos no contó por nada. A Churchill el electorado británico echó de su puesto de primer ministro en 1945. De Gaulle también cayó víctima de la política francesa. Truman, dándose cuenta que como iban las cosas, no se presentó a las elecciones norteamericanas; Stalin quedó como el último de los titanes. La oportunidad de construir un mundo mejor se perdió. Terminamos con los bloques de la guerra fría, una Europa aplastada e incapaz de colaborar, una paz precaria custodiada por el temor a la bomba atómica, y una trayectoria económica mundial carente de valores morales ni medioambientales. ¿Y esos vencedores?

Los EE.UU. sí venció y se convirtió en la superpotencia mundial. Pero no supo aprovechar del momento y se condenó a pagar el coste de liderar uno de bloques de la guerra fría contra el otro. La China nacionalista sí venció, pero al cabo de cuatro años se había hundido ante la ola maoísta. La Francia y el Reino Unido sí vencieron, pero la guerra había sido una prueba muy dura para las dos, dejando clara la imposibilidad de mantener sus imperios, ni de pagar siquiera sus deudas. La Rusia sí había vencido, pero cuando se tiene en cuenta las miserias de estalinismo, esa victoria acabó catastrófica para los rusos y los súbditos del imperio soviético.

¿Y esos vencidos? Alemania, Japón e Italia venían a ser los países modélicos del «milagro económico» de los años 50 y 60, mientras Francia y Gran Bretaña quedaban relativamente estancados. La recuperación del mundo -lenta y a tanteos- de los desastres de guerra tenía poco que ver con los políticos, sino con tecnócratas visionarios, como el Barón Descamps, autor de la reconstrucción de un sistema factible de arbitraje internacional dentro de la organización de la naciones unidas, George Marshall, que puso en marcha el plan homónimo para salvar las economías europeas, y Jules Rimet y sus colaboradores, quienes realizaban la visión más alentadora y más conmovedora de la historia moderna: la de una Europa cada vez más unida, capaz de restaurar el equilibrio político al mundo, y la prosperidad -racionalmente reglamentada en beneficio a todos- a sus ciudadanos.

Es difícil pensar en una iniciativa más positiva, desde la fundación de los Estados Unidos -pero se trató en este caso de unas colonias mucho más fáciles de coordinar que las naciones europeas, entrañablemente enemistadas entre sí y reducidas a miseria y penuria- o tal vez la revolución francesa, que empezó bien pero terminó mal, extinguiendo las luces de la Ilustración en la sangre del terror. «La generación de los que sobrevivieron la Segunda Guerra Mundial», comentó la Reina Isabel la noche de la conmemoración de la victoria sobre los nazis, «supo que la mejor manera de honrar a los muertos fue evitar otra guerra más. La mayor respuesta a su sacrificio es que países opuestos ya se han convertido en colaboradores, trabajando juntos para conseguir la paz, la prosperidad, y el bienestar de todos nosotros».

Pero ahora el Brexit coincide de una manera amonestadora con las respuestas divergentes entre los países de la Unión a la amenaza del coronavirus. No se puede confiar en las instituciones europeas para conseguir la soñada «estrategia de la salida» de la crisis. Ni tenemos líderes al nivel de sus responsabilidades, ni disponemos, por lo visto, en el campo de la gestión de la salud pública, de tecnócratas fiables, ya que los supuestos expertos en el tema han conseguido arruinar nuestras economías y empeorar nuestras vidas, sin lograr medios sostenibles de contener el virus. Por ahora no hay más remedio que volver a los consejos de Churchill, de los cuales también la reina británica hizo eco en su emisión: «aguantar la lucha y desafiar el desastre».

Felipe Fernández Armesto es catedrático de Historia Mundial de la Universidad de Londres

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