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El coronavirus recrudece la Guerra Fría entre EE.UU. y China

Corresponsal en Shanghái – Corresponsal en Washington
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A la misma velocidad con que se propaga, el coronavirus está deteriorando las siempre difíciles relaciones entre Estados Unidos y China por su disputa sobre el origen de la pandemia y la catástrofe que ha desatado paralizando todos los países. Con cuatro millones de contagiados y más de 273.000 fallecidos, la enfermedad Covid-19 ha reventado la globalización y está recrudeciendo la «Guerra Fría» comercial y tecnológica que ya libraban en los últimos años las dos mayores economías del planeta, amenazando con volver a un mundo bipolar como en los tiempos de la extinta Unión Soviética.

En un giro inesperado, y tras unas durísimas negociaciones, el presidente de EE.UU. dijo el viernes que se plantea anular el acuerdo comercial con China cuya primera fase firmó él mismo en enero. «Estoy decidiendo qué hacer», desveló Donald Trump en una llamada telefónica a la cadena Fox News. «Pero sin duda es algo sobre lo que debo tomar una decisión», añadió el presidente estadounidense.

Apenas doce horas antes, el propio Gobierno de Washington había difundido un comunicado en el que anunciaba que negociaba ya la segunda fase de ese acuerdo comercial para levantar aranceles.

El jueves, el secretario del Tesoro (ministro de Economía), Steven Mnuchin, y el jefe de la oficina comercial de la Casa Blanca, Robert Lighthizer, hablaron por teléfono con el viceprimer ministro Liu He, responsable de la política económica china, y los tres acordaron seguir negociando en plena pandemia para que pueda entrar en vigor la fase segunda del acuerdo comercial entre ambos países.

Negociaciones en el aire

«Las partes negociaron cumplir con los compromisos adquiridos dentro de los plazos establecidos», rezaba el comunicado que difundió la Casa Blanca. La primera fase del acuerdo entró en vigor a mediados del mes de febrero. Ahora, Trump amenaza con hacer saltar esas negociaciones por los aires.

De hecho, una creciente desconfianza ha ido complicando las posibilidades de un acuerdo que ponga fin a la guerra arancelaria que sembró el temor a una recesión mundial el año pasado. Trump se jactó de haber obligado a China a comprar productos agrícolas de EE.UU. por valor de 200.000 millones adicionales a los niveles registrados en 2017, un objetivo hoy imposible por el colapso económico del coronavirus.

Según datos del Gobierno estadounidense, en los tres primeros meses de 2020 las exportaciones agrícolas a China están 7.000 millones de dólares por debajo de los niveles de 2017. Sí hay productos que China está comprando más, como la carne de cerdo ante la escasez en su mercado nacional por la fiebre porcina, pero otras adquisiciones se han desplomado, como las de soja. Según Scott Kennedy, experto en China en el Centro de Estudios Estratégicos Internacionales de Washington, «no existe la posibilidad de que China cumpla con esos compromisos».

Después de haberse enfrentado a las acusaciones de que ganó las elecciones presidenciales de 2016 por la ayuda de la inteligencia rusa, Donald Trump ha decidido relacionar a los demócratas con China: primero denunciando que el Gobierno de Barack Obama fue excesivamente blando con Pekín al no poner trabas al libre comercio, y después acusando a la familia del exvicepresidente y candidato «de facto» Joe Biden de negocios oscuros y cobros millonarios en el gigante asiático.

La Casa Blanca ha filtrado a los medios que Trump prepara una respuesta formal a China por negligencia en la gestión de la crisis del coronavirus con medidas insólitas: retirarle a sus autoridades la inmunidad diplomática y denunciarlas por daños y perjuicios, aplicar más aranceles e incluso el impago de la deuda. Se trata de una verdadera afrenta, dado que Pekín tiene deuda estadounidense por valor de 1,3 billones de dólares.

El «virus chino»

En numerosas ocasiones, el presidente estadounidense se ha referido a la enfermedad Covid-19 como el «virus chino», y ha expresado dudas sobre si su origen está en un laboratorio de la ciudad de Wuhan -primer foco conocido de la epidemia-, algo que niegan sus propias agencias de inteligencia, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la mayoría de la comunidad científica internacional.

Un reciente informe del Departamento de Seguridad Nacional norteamericano acusa a China de haber mentido sobre el coronavirus a principios de año para hacer acopio de material sanitario como mascarillas y reducir sus exportaciones de forma irregular.En enero, Trump firmó el acuerdo para poner fin a la guerra comercial con China, pero mantiene aranceles de un 25 por ciento sobre bienes por valor de 370.000 millones de dólares (340.000 millones de euros) fabricados en ese país asiático.

Varios economistas han advertido a la Casa Blanca de que este momento, con los mayores índices de desempleo desde la Gran Depresión, es el peor para reanudar una guerra comercial con China. «Es una locura, justo lo último que necesita ahora la economía de EE.UU.», dice Joe Brusuelas, economista jefe de la consultora RSM.

Presión internacional

Con EE.UU., el Reino Unido, Alemania y otros países pidiéndole una investigación internacional sobre el confuso origen del coronavirus, el autoritario régimen de Pekín sabe que se enfrenta a la mayor hostilidad desde la matanza de Tiananmen en 1989 y basa su respuesta en dos claras estrategias.

La primera de ellas es su «diplomacia de las mascarillas», que consiste en donar, pero sobre todo vender, material sanitario y de protección a los países en apuros, que en ocasiones reciben productos defectuosos que dañan todavía más el sello «Made in China».

La segunda, liderada por sus diplomáticos más agresivos, ataca directamente a Trump por su nefasta gestión de la crisis, que ha dejado ya en EE.UU. más de 1,2 millones de contagiados y 76.000 fallecidos.

«Los políticos americanos han ignorado repetidamente la verdad y siguen diciendo mentiras descaradas. Su único objetivo es eludir su responsabilidad de sus pobres medidas de prevención y control de la epidemia y desviar la atención pública», critica en sus comparecencias uno de los portavoces del Ministerio de Exteriores chino, Geng Shuang.

Dando pábulo a «teorías de la conspiración» que sitúan el origen del coronavirus en un laboratorio del Ejército estadounidense o con vídeos de la propaganda que ridiculizan los bandazos de Trump con una moribunda Estatua de la Libertad, Pekín ha pasado a la confrontación directa para torpedear su reelección en noviembre.

Dejando atrás su habitual perfil bajo, esta virulencia de China sugiere una radicalización del «ala dura» del Partido Comunista para proteger al presidente Xi Jinping de las críticas internas por los problemas que se le acumulan por su autoritarismo. Entre ellos destacan la guerra comercial, la revuelta de Hong Kong y ahora la pandemia, que intentó ocultar al principio silenciando a los médicos que dieron las primeras voces de alerta y demorando una respuesta que podría haber evitado el desastre.

«La relación entre China y el resto del mundo va a cambiar de forma fundamental. Realmente, empezó antes con Trump. Pero esto ha sido un punto de inflexión. No importa cómo se recupere Occidente ni si Trump es reelegido o no; va a haber un cambio», analiza para ABC Xu Bin, profesor de Economía y Finanzas de la Escuela Internacional de Negocios Chino-Europea de Shanghái (CEIBS).

A juicio de este experto, «China va a ser desplazada del escenario internacional y ahora tiene que explotar su mercado doméstico para no depender tanto del extranjero, pero cuenta con la ventaja de haber aprendido mucho de Occidente con la globalización y haber creado su propia tecnología e internet».

Aunque el profesor Xu cree que «nos enfrentamos a un mundo bipolar», aventura que «en el siglo XXI será una competición económica, más que ideológica o política».

Por ese motivo, no espera «un desacoplamiento total, sino una reducción de la dependencia de China, que es una parte importante de la cadena global de suministros y un gran mercado para las empresas occidentales», explica.

Un «prestigio herido»

Con él coincide Jean-Pierre Cabestan, profesor de Políticas de la Universidad de Hong Kong, quien cree que «el Gobierno chino ha intentado aprovecharse de una crisis sanitaria sin precedentes no solo para demostrar su capacidad para superarla rápidamente, sino también para ampliar su influencia diplomática, mejorar su imagen y desafiar el estatus hegemónico de EE.UU.».

Pero «la agresividad de Pekín y la incoherencia de su relato» ha hecho, en opinión de Cabestan, que la crisis del coronavirus «ponga de manifiesto lo mucho que el mundo depende de los productos médicos y farmacéuticos de China, llevando a EE.UU. y sus aliados, si no a desacoplarse completamente, a reducir dicha dependencia».

Para este especialista, «más que mitigar la competencia económica y geoestratégica entre EE.UU. y China, esta crisis sanitaria planetaria ha intensificado la “nueva Guerra Fría” entre ambas potencias. Al mismo tiempo que ha herido el prestigio de EE.UU., no ha demostrado la capacidad de liderazgo de China».

Cirquerohttp://www.quecirco.com
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