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Del fin de una guerra… ¿a otra?


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El 8 de mayo de 2020 estaba llamado a ser una gran efeméride mundial. Nada menos que el 75 aniversario de la rendición oficial de las fuerzas armadas alemanas ante los Aliados, en una firma improvisada en un cuartel de la Juventud Hitleriana reutilizado por los soviéticos en el distrito berlinés de Karlshorst. Un día antes se había rendido el general Jodl en el cuartel general aliado de Reims, pero los soviéticos exigían su cuota de protagonismo: habían pagado el precio más alto, y habían conquistado Berlín. La guerra concluía oficialmente en Europa, aunque por algunas semanas persistirían los enfrentamientos entre unidades alemanas, soviéticas, partisanos de distinto color y otras milicias en distintos puntos de Europa centro-oriental y balcánica. Y, mientras tanto, los combates seguían en el Pacífico, hasta la rendición incondicional de Japón el 15 de agosto.

Los Aliados eran heterogéneos. Un dictador comunista y despiadado, Stalin, aliado circunstancial de Hitler en 1939-41, se sentaba a la mesa de negociación con dos líderes elegidos democráticamente, Roosevelt (y después Truman), y Churchill (después Atlee), y un general de regusto bonapartista, De Gaulle. Les unía el antifascismo, la derrota de una Alemania que había puesto en marcha un plan de exterminio racial sin precedentes. También olvidaban: Churchill había tenido una buena opinión de Mussolini años atrás, y había especulado con utilizar a Hitler como dique de contención de la temida expansión soviética. Todo eso ahora pertenecía al pasado; pero los vencedores sabían que, en poco tiempo, su coalición se dividiría. A un lado, el comunismo soviético. Del otro, el «mundo libre», donde una nueva potencia hegemónica, Estados Unidos, que impondría progresivamente su prevalencia a dos potencias coloniales en progresiva retirada, Gran Bretaña y Francia, y que no veía con buenos ojos la resurrección de los imperios ultramarinos en Asia.

Una Europa en ruinas

La salida de la guerra fue traumática. Buena parte de Europa estaba en ruinas, su capacidad industrial devastada. Privaciones y penurias: a principios de los cincuenta aún había racionamientos en Gran Bretaña. Millones de personas sin hogar, desplazadas, desaparecidas. Prisioneros de guerra, víctimas de limpiezas étnicas que no encontraban solidaridad entre sus depauperados connacionales, en Alemania o Italia. Mujeres que recogían escombros con sus hijos: la «Germania, anno Zero», de Rossellini (1948). Persistían rencores y divisiones soterradas: el antifascismo como matriz ético-política fundadora de las nuevas democracias occidentales hacía «tabula rasa» del pasado, y pasaba por alto que los resistentes activos a la ocupación nazi o fascista eran una relativa minoría. Los judíos supervivientes del Holocausto hallaban a menudo frialdad y hostilidad entre sus antiguos convecinos.

ReconstrucciónTras la II Guerra Mundial fue preciso un plan que permitiese a Europa crecer y consumir los excedentes de EE.UU.

Fue preciso un Plan de Reconstrucción Económica procedente de la única potencia que no había sufrido destrucciones en su territorio, los Estados Unidos. Un ingente programa de créditos a bajo interés, con perspectiva estratégica: había que reconstruir una Europa que pudiese crecer y consumir los excedentes norteamericanos, de la Coca-Cola al pato Donald; pero también había que crear clase media, consolidar la pequeña propiedad y el consumo, para evitar que la miseria favoreciese la expansión del comunismo, reforzado por el prestigio militar y el sacrificio soviético. De la necesidad de redistribuir y coordinar los fondos recibidos del amigo americano nacieron las primeras instituciones de cooperación supraestatal, que serían los precedentes de la Comunidad Económica Europea constituida en 1957 en Roma.

Los antiguos aliados se dividieron; los antiguos enemigos, Francia y Alemania en primer lugar, se reconciliaron. Paradójicamente, los líderes políticos que habían exigido de sus poblaciones sangre, sudor y lágrimas no gestionaron la inmediata posguerra, salvo Stalin. Pero del mismo modo que aquellos habían colaborado durante los duros años bélicos, ahora buena parte de los nuevos líderes cooperaban en Europa occidental para dar paso a una etapa de reconstrucción. Las sociedades europeas miraron hacia adelante, y durante treinta años apenas quisieron saber de sus sufrimientos pasados y de las víctimas; disfrutaron de las nuevas oportunidades y del creciente bienestar. Algo aprendieron: para maximizar las expectativas individuales, era mejor ajuntar esfuerzos, relativizar fronteras.

PopulismoTrump y Bolsonaro eluden su pésima gestión y culpan a laboratorios chinos y agresiones externas

La amenaza del virus

Tres cuartos de siglo después, el mundo se enfrenta a una amenaza inusitada. Un virus de morbilidad baja, pero muy contagioso, que ha provocado una crisis sanitaria y un parón económico sin precedentes en tiempos de paz. Los distintos gobiernos estatales han recurrido a menudo a retóricas de tinte bélico, equiparando el Covid-19 a una invasión silenciosa. Algunos, recurriendo a un burdo populismo, desde Trump a Bolsonaro, han intentado externalizar las responsabilidades de su pésima gestión en un agente foráneo: laboratorios chinos, agresiones externas. Otros, aun adoptando medidas de contención recomendadas por expertos, no dejan de apelar al patriotismo, a la solidaridad con los más vulnerables frente a la pandemia -ancianos, personas con patologías previas, pero también sectores sociales desfavorecidos-, y parecen inspirarse en los lemas utilizados en tiempos de guerra para movilizar a la retaguardia. Todos saben que, como todas las guerras, también esta pasará, y piensan en el mundo de mañana, en el que se dirimirán hegemonías, se confrontarán modelos económicos y el cataclismo dejará huellas sociales impredecibles.

LecciónEn 1945 nos enseñaron que las sociedades del último siglo superaron catástrofes mucho más destructivas

A diferencia del mundo de 1945-47, el dilema ya no es entre «mundo libre» y «comunismo», sino entre libertad y democracia versus seguridad y autoritarismo. Qué sistema político demostrará ser más eficaz para derrotar a un enemigo difuso, pero corrosivo. Algunos argumentarán que la globalización favorece el contagio, y propugnarán una vuelta a los límites conocidos: el confinamiento como metáfora de un mundo más pequeño, mediocre, pero manejable. Otros ven en esta crisis una antesala de la gran catástrofe climática futura y esperan que la Humanidad aprenda una lección: es vulnerable. Un mundo más sostenible y solidario será garantía de salud y bienestar, aunque se consuma menos.

También a diferencia del mundo de hace 75 años, la colaboración internacional cede paso frente a las soluciones estatales. Las recetas varían de Estado a Estado, de región a región. El confinamiento favorece la ilusión de la autosuficiencia, y el miedo fomenta la insolidaridad. Si la ruina de posguerra espoleó la cooperación europea, los costes económicos de la pandemia amenazan con provocar la quiebra de la frágil unidad continental. Hay estrellas solitarias, desde Angela Merkel a António Costa; pero no se divisan liderazgos nuevos, capaces de gestionar el mundo posterior a la pandemia: ningún De Gasperi, ningún Brandt. Un río revuelto para populismos o autoritarismos diversos, en el peor de los casos.

Empero, si los europeos de 1945 algo nos enseñaron a sus nietos y bisnietos, es que las sociedades del último siglo superaron catástrofes mucho más destructivas. También lo habían demostrado las sociedades posteriores a la I Guerra Mundial, en 1918-19, cuando también tuvieron lugar guerras civiles, revoluciones, enfrentamientos armados, deportaciones… y una pandemia de gripe que la historiografía casi olvidó se llevó, mientras tanto, a más del uno por cien de la población. Los europeos de 1918/19 querían vivir y olvidar; también los de 1945/46. Los de 2020/21, sin duda, también, aunque pagarán un precio. Por alto que sea, será muy inferior al que pagaron nuestros abuelos y bisabuelos. Algo hemos avanzado.

Xosé M. Núñez Seixas es catedrático de historia contemporánea de la Universidad de Santiago y premio nacional de Ensayo 2019

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