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Alemania encuentra en el espíritu de 1945 las herramientas para enfrentar la crisis actual

Corresponsal en Berlín
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Fritz Becker tenía 12 años cuando recogió del suelo un panfleto informativo que anunciaba el fin de la guerra y que todavía hoy atesora, amarillento, como prueba de que todo aquello no fue un mal sueño. Sus recuerdos, parcheados por el tiempo, evocan la «Alemania año cero» de Rossellini, la pregunta infinita en los ojos de aquel personaje, el niño Edmund, ante la realidad inaprensible de un Berlín donde no quedaba piedra sobre piedra, tanto en lo físico, como en lo político, en lo económico y en lo moral. La biografía de Fritz es una lección sencilla de Historia.

Entre las ruinas, los alemanes se toparon con un hallazgo capaz de modificar incluso la realidad más adversa: el trabajo. «No había nada. Ni alimentos, ni carbón para calentarnos, ni cómo ir al médico…», recuerda, «no había nada pero trabajábamos y eso era lo que daba sentido al día a día, lo que nos permitía avanzar». Como muchos alemanes de su generación, Fritz trabajó y después estudió, a la inversa de la experiencia de la juventud actual. «Mis nietos también lo han hecho. Yo se lo he aconsejado. Es bueno ir al colegio, pero después es bueno trabajar, aprender de la realidad. Y con eso que han aprendido, con la madurez, ya se puede ir a la Universidad. Si no, es perder el tiempo…», critica.

«Por la mañana se impartían clases y por la tarde, tanto profesores como alumnos trabajábamos en la reconstrucción del colegio, levantando paredes derruidas, fabricando ventanas, haciendo cemento…», recuerda Frau Brockschmidt, entonces alumna del colegio Canisius de Berlín, del que después fue profesora de por vida, «es algo que siempre he seguido transmitiendo a los alumnos, el poder del trabajo para mejorar las cosas, el poder del trabajo en sí mismo, más allá de la justa contraprestación. El trabajo nos dignifica. Aprender eso es mucho más importante que las notas que aparecen en el expediente».

A esta generación de alemanes se ha referido esta semana el presidente alemán, Frank-Walter Steinmeier, con palabras de gratitud. «El día de la liberación es un día de agradecimiento», dijo en su discurso ante la imponente Neue Wache, utilizando las mismas palabras históricas que su antecesor, Richard von Weizsäcker, en 1985, y mencionando también el proceso interior sin el cual no habría sido posible la Alemania que hoy conocemos. «Ha durado tres generaciones reconocerlo por completo, de corazón y en las cabezas. La liberación tuvo que venir de fuera porque este país estaba sumido en su culpa. El nuevo comienzo democrático fue posible gracias al perdón. Pero también nosotros tuvimos parte en una liberación interna, no aquel mismo día sino en un largo y doloroso proceso de aclaración, de preguntas en las familias, entre las generaciones, y la lucha contra el olvido».

Aquella generación aprendió una desconfianza de oficio hacia la propaganda estatal, a aplicar la disciplina no a la obediencia, sino a la crítica, sostiene Kurt Kister, director de Süddeutsche Zeitung, que defiende que «la polémica entre la salud, la libertad y la economía es buena» y que critica «la tendencia política a prohibir, no porque sea necesario sino porque es posible».

El presidente Steinmeier llamaba precisamente en su discurso a aplicar las lecciones aprendidas en el 45 a la gestión de la actual crisis sanitaria y entre aquellas lecciones, en el terreno político, destacan dos pilares sobre los que Alemania asentó su futuro: el europeísmo y la economía social de mercado. Respecto al europeísmo, la presidenta de la Comisión Europea, la alemana Ursula von der Leyen, ha aprovechado la efeméride para llamar la atención sobre la fragilidad de la unión. «Demasiadas personas en Europa tenían ya dificultades para llegar a fin de mes antes de esta crisis. Ahora millones más enfrentan un futuro incierto, después de perder su trabajo o empresa. Los jóvenes y las mujeres se ven particularmente afectados. Europa debe ser valiente y hacer todo lo necesario para proteger la vida y los medios de vida», ha dicho, señalando el horizonte europeo como única brújula de orientación en la actual crisis, una brújula que ya dio buenos resultados tras la II Guerra mundial y que la canciller Merkel repite como un mantra en todos sus discursos: «A Alemania solamente le podrá ir bien si a Europa le va bien».

Presidiendo el despacho de Merkel, en la Cancillería de Berlín, un retrato de Konrad Adenauer recuerda constantemente la importancia de ese otro pilar, la economía social de mercado. Los fundadores de la República Federal de Alemania se dieron no sólo una nueva estructura federal, nuevas instituciones y una nueva constitución, sino también un nuevo orden económico. En el legendario libro «Prosperidad para todos» de 1957, el entonces Ministro de Economía Ludwig Erhard resume la receta para superar el viejo orden social desigual y lograr una comunidad de convivencia sostenible, combinando la libertad económica y la seguridad social, una tercera vía entre el liberalismo del laissez-faire y el gobierno económico central que surgió de la necesidad tras la destrucción y que ha demostrado sobradamente sus beneficios.

El Estado está activo en la economía social de mercado. Protege el libre mercado y la competencia justa, evita los monopolios y asegura la estabilidad de los precios. Al mismo tiempo, invierte en la gente, quienes responsablemente deberán poder participar en la vida económica con dignidad. Con este fin, el Estado proporciona educación, salud, infraestructura y cultura. Da derechos a los trabajadores y los protege de la explotación. También redistribuye los ingresos a través de impuestos y pagos de transferencia. Y ayuda a los que no pueden ayudarse a sí mismos. La meta del sistema es lograr una amplia clase media. «La economía social de mercado sólo es sostenible si el pensamiento y la acción económicos son también reconocibles en sus beneficios para el bien común», apostilla a modo de conclusión el ministro de Exteriores alemán, Heiko Maas, «cuando la gente se da cuenta de que no se trata sólo de ganancias, sino también de cohesión dentro de una sociedad».

Cirquerohttp://www.quecirco.com
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